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Vientos de Invierno.

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Vientos de Invierno.

Mensaje por Jashin-Sama el Lun 12 Sep - 12:46


Vientos de Invierno

 

Jashin-Sama


Solo hay una cosa segura. El Invierno.

 
Notas Iniciales

 

•Esta historia está ambientada en el presente de mis personajes, y tiene como objetivo representar las consecuencias y el impacto que han tenido los acontecimientos recientes en ellos, así como las repercusiones a futuro, tanto individuales como a nivel de trama dentro del rol
•Los capítulos no tienen relación el uno con el otro, siendo totalmente individuales, sin embargo ocurren de manera paralela en el mismo universo
•El nombre dado, Vientos de Invierno, está basado por completo en el sexto libro de la saga Canción de Hielo y Fuego de R. R. Martin, el cual aún no tiene fecha de publicación
•Cito en varias ocasiones al filósofo existencialista Albert Camus, y me basé en su libro El Mito de Sísifo para ambientar varias escenas, Del mismo modo algunos dones o poderes utilizados están inspirados en la obra literaria de H. P. Lovecraft
•El cuarto capítulo está basado en gran parte en la famosa escena del libro Harry Potter y las Reliquias de la Muerte, por J. K. Rowling, donde Harry es guiado hacia la espada de Gryffindor por el Patronus de la cierva en medio del bosque.

 
Primera Nevada

 

Las praderas de Padua, generalmente tan calmas y pacíficas, en ese momento se movían de un lado a otro salvajemente movidas por el viento, una ráfaga de aire fría y agresiva que lastimaba y congelaba todo lo que tocaba. El otoño llegaba a su fin, inclusive más rápido que en años anteriores, o al menos eso parecía.
En la cima de una colina se encontraba una figura cruzada de brazos, totalmente estática, ni siquiera parpadeaba, si no hubiera sido por los casi imperceptibles movimientos oculares que hacía de vez en cuando, cualquiera lo hubiera tomado por una estatua. Strahl Vollmond permanecía ahí, sereno pero al mismo tiempo inquieto, esperando, dejando que el viento le golpeara directamente en la cara, haciendo aún más pálida su blanca tez, con un ligero sonrojo en las mejillas y los labios ya rojos. Parecía no sentirlo, estaba demasiado concentrado en su propio diálogo interno.
No pasó mucho hasta que el pasto crujió, revelando que el líder ya no estaba solo, otras dos personas habían hecho su aparición de pronto, deteniéndose justo atrás de él.
-Papá-Dijo la del menor de los hermanos, provocando que el aludido se volviera, mirando por primera vez en ese momento a sus dos hijos.
Strahl sintió una extraña conmoción entonces, tanta, que no respondió al instante, simplemente observándolos. Eran tan parecidos a él y entre ellos... los tres de cabello dorado y ojos azul claro, inconfundibles, como si fuera la misma persona en diferentes etapas de su vida. Maurice era el más pequeño, apenas un adolescente de quince años, con los rasgos más infantiles y menos duros de los ahí presentes, inocente, jovial, "Aún demasiado joven", pensó. A su lado se encontraba el de en medio, James... no, Byleistr, se obligó a recordar, James ya no existía más, la primera alma había quedado sepultada y muerta en los recovecos más profundos del muchacho, ahora hombre. A Strahl jamás dejaba de sorprenderle lo mucho que alguien podía cambiar de la noche a la mañana con el simple hecho de modificar un simple nombre, inclusive los rasgos faciales eran distintos. Antes, cuando era James, lucía mucho más como Maurice, como un niño.
El Vollmond mayor se obligó a alejarse de sus turbios pensamientos y continuar con su discurso, el propósito por lo que los había citado.
-Se avecinan tiempos difíciles-Fue lo único que dijo, en voz baja, susurrante, como si el simple hecho de sentenciar aquello diera pie a una maldición. Y, para desgracia suya, no estaba del todo equivocado. Strahl colocó las manos atrás de la espalda, demasiado serio, inclusive para él-¿Están listos para asumir esto?
-Lo estamos-Respondió Byleistr casi de inmediato, con una determinación y decisión que jamás había tenido antes, recio y frío, como el gigante de hielo en el que se había transformado hacía demasiado poco tiempo.
-Lo estamos-Coreó Maurice, con un poco más de temblor en la voz, quizá inseguro. Miró a su hermano mayor casi con miedo, buscando un poco de seguridad que encontró enseguida en los ojos azules del de hielo, tan idénticos a los suyos, que lo miraban indicándole que no lo dejaría solo.
Maurice y Byleistr jamás habían sido muy unidos, sin embargo en ese momento se formó un lazo entre ellos, uno más fuerte quizá que el de la sangre y la hermandad, uno de responsabilidad, de compromiso y valor. Al fin y al cabo, ambos compartirían algún día el liderazgo de la rama Alfa del clan Vollmond.
Strahl simplemente asintió, y se volvió de nuevo hacia donde su vista originalmente se dirigía, dándole a sus hijos la espalda, y al mismo tiempo la señal que necesitaban para abandonar su posición atrás de él y caminar a su lado, quedando uno en cada flanco. Los tres Vollmond miraron en silencio largo rato como el feroz viento sacudía sus tierras, mientras los primeros copos de nieve de la primera tormenta invernal empezaron a caer.
El invierno había llegado.

 
Segunda Nevada

 
Elphias Diederich caminaba desinteresadamente por las calles del reino. No era la primera vez que lo visitaba, pero seguramente sería la última. Al fin y al cabo no le quedaba nada más por hacer ahí que lo que terminaría aquella noche.
Ekenlat meditaba en silencio, pensando que había exterminado algo por lo que había luchado demasiado tiempo. Era irónico, había fundado la legión Diederich para recuperar la familia que había perdido, y, tanto tiempo después, él mismo había sido quien la había exterminado casi por completo. Como la primera vez que masacró a un clan entero, fueron diez días y diez noches en las que atacó y se manchó las manos de sangre, de su propia sangre. Niños, mujeres, ancianos, todos y cada uno habían perecido bajo sus garras sin dificultad alguna, dándose cuenta en ese entonces de lo traicionado y solo que se sentía. La rabia lo había consumido por completo, los más jóvenes y su liberalismo habían roto la sagrada regla del linaje puro, y los adultos, tan blandos y carentes de orden, no habían podido detenerlos... ergo, desde su perspectiva, no merecían vivir. Tendría que asesinar a su propia creación que se había vuelto en su contra. Y lo hizo, sin parpadear ni titubear ni un poco. No quedó ni uno solo vivo cuando abandonó Alemania, todos muertos como perros.
Pero aún no había terminado, no, aún no. Aún faltaban seis afortunados que se habían salvado de la masacre, pero no durarían mucho, no dejaría sin concluir una tarea tan importante. Simplemente regresó al Infierno a descansar, y, tan pronto como sus fuerzas se lo permitieron, regresó a completar su cometido.
Y ahí estaba, dirigiéndose hacia el palacio real. No le importó que los guardias lo intentaran detener, él los mató, a todos y cada uno que se atreviera a dirigirle palabra alguna. Otros fueron más prudentes, el miedo pudo más que el deber y simplemente se apartaron, a ellos, como favor, les perdonó la vida.
No pasó más de un instante cuando llegó a su primer destino. La alcoba se encontraba en el total silencio que era de esperarse a esas altas horas de la noche. No necesitó abrir la puerta, simplemente se materializó adentro, donde un joven de no más de veinticinco años dormía. Fenrir Diederich no se dio cuenta de su presencia, no al menos hasta que sintió como las garras de Elphias se enganchaban a su cuello. El licántropo únicamente pudo lanzar una exhalación ahogada antes de que la vida abandonara sus ojos, muriendo sin saber que había sido el primero de los restantes en perecer, como penitencia, no solo por ser adoptado, sino por no ser un vampiro puro como la ley dictaba.
Las siguientes en perecer fueron su madre y hermanas adoptivas, que dormían juntas en la habitación contigua. Aleana y Nevenka se despidieron del mundo de forma rápida, casi sin darse cuenta. Hacía años ya que Ekenlat había abandonado todo dramatismo característico de la juventud.
El Setan continuó con su recorrido, cada vez más cerca de la función principal. No pasó mucho tiempo hasta que las camas de los príncipes, Joseph y Cristie, se tiñeron de rojo, siendo la luna que se filtraba por las ventanas la única testigo de lo que ocurría. Solo faltaba uno. Mientras avanzaba, el Ahharu se sintió súbitamente asqueado cuando reconoció que su última víctima, la más importante, tenía su nombre. Baital Elphias.
Seguramente el vampiro no se encontraría en su dormitorio junto a la reina, sino en su estudio, refugio incondicional cuando no se sentía en condiciones para dormir, seguramente el caso de esa noche. Baital ya se había enterado de la masacre de Alemania, sabía sin duda alguna que su ancestro iba a ir por él tarde o temprano.
Elphias no se hizo esperar, apareció de la nada, justo frente a él. Como con sus demás parientes, no lo dejó siquiera reaccionar, llegó a su lado en menos de un segundo, mirándolo con un desprecio y un odio tan terribles que congelaron la sangre del rey en el mínimo instante que duró el contacto.
Baital no protestó cuando las garras apretaron su cuello, sabía que no podía hacer nada contra El Ahharu, resignándose a tener el honor de ser el último en ser asesinado, por haber cometido la más terrible blasfemia contra él, contra su clan y contra su honor, siendo el primero en mezclarse con impuros, encendiendo la chispa que después ardió, consumiendo todo lo que Elphias había construido por siglos.
Cuando toda la vida se borró de los ojos del vampiro, Ekenlat al fin sintió la liberación única y propia que trae consigo la venganza una vez realizada, apartando bruscamente el cuerpo sin vida de su vista, arrojándolo al suelo como si fuera un saco de basura, que, para él, en cierto modo era. No tardaría mucho en que alguien más se diera cuenta de lo que había sucedido, y definitivamente no quería quedarse a ver el espectáculo, así que optó por retirarse con todo el orgullo y soberbia que tanto lo caracterizaban, regresando al Infierno con una súbita realización: Era el primer y último Diederich.


 
Primera Tormenta

 

Ambientación
Me fascina tu presencia, me ilumina tu fulgor
Si bien se encontraba en lo más profundo del Infierno, lo único que Durza podía sentir en ese momento era un terrible frío que le llegaba a los huesos. El Sombra permanecía solo, en silencio, contemplando aquél lugar que jamás pensó que llegaría a visitar, y que, sin embargo, se había visto en la necesidad de hacerlo.
Aquél santuario permanecía oculto, privado, inexistente para la inmensa mayoría de los demonios, únicamente como una leyenda urbana de dominio público. Se decía que El Sepulcro no aparecería a menos de que alguien lo requiriera realmente, y sin duda alguna nadie quería necesitarlo ninguna vez en toda su vida. Únicamente en contadas excepciones sucedía esto, todo evidenciado ante los escasos monumentos ahí erigidos, habían sido tres antes de aquél día, cada uno diferente, tan cargado de dolor y sufrimiento que se podía palpar el alma de quien ahí descansaba y quien le había enterrado.

Como un arco que se tensa al disparar, vibra mi corazón
El primero de ellos se ubicaba mucho más a la izquierda, igual de hermoso e imponente como si no hubiera pasado el tiempo en ese lugar, a pesar de que tenía milenios de estar ahí. En aquella tumba, hecha de complicados y magníficos patrones de cristal negro, descansaban los restos de Galathea Aarset, esposa de Opeth, posiblemente el único ser de todo el universo que el demonio había llegado a amar verdaderamente. Muchos decían que al morir, Galathea se había llevado consigo una de las mejores partes de su esposo, quien hasta la fecha se negaba rotundamente a hablar de ella o la manera en la que la vio perecer en sus brazos. Después, justo a unos metros, fabricada del más hermoso cuarzo blanco y adornada con rubíes, estaba el descanso último de Miranda Goren, mujer de Elphias, madre de sus tres hijos varones y compañera incondicional del mismo, que le había ayudado a construir y mantener su legión por tantos años. El mismo Ekenlat reconocía de vez en cuando que, sin su esposa, jamás hubiera podido haber llegado hasta donde estaba ahora. El tercer sepulcro, de una elegancia magistral de mármol, pertenecía nada más y nada menos que a Clarice Starling Messiah, eterno y verdadero amor de Hannibal durante toda su vida, quien le había devuelto la voluntad de vivir cuando el híbrido se dejaba arrastrar lentamente hacia los brazos de la muerte. Aquél monumento, sin embargo, estaba vacío, un simple recordatorio simbólico de una unión tan estrecha y sagrada que se había roto por circunstancias del destino. Igual que el último que se había construido a su lado, donde ahora Durza permanecía.

Ahora yaces junto a mí, y es intensa la sensación
La tumba en la que el Sombra mantenía su atención no contenía nada, ni cuerpo o resto alguno... únicamente un pequeño amuleto, una piedrecilla azul atada a una cuerda, que parecía incluso demasiado insignificante para el precioso monumento que la resguardaba.
Este, a diferencia de los demás, no había sido construido con ningún material externo, no, había sido tallado en la misma piedra de la que estaba hecha la cámara donde se encontraba, anexándose a la misma de forma automática. Hacía mucho que estaba casi terminada únicamente faltando un detalle, y sin embargo Durza había permanecido ahí frente a su creación inconclusa durante demasiado tiempo, prolongando el momento lo más que pudiera, tratando inútilmente de mantenerse en esa dolorosa expectativa.
Un funeral no debía ser celebrado únicamente con una muerte, el duelo aparecía igualmente ante una pérdida, un olvido, un abandono... y en ese momento eso era lo que estaba sucediendo.

Admiré en el momento en que te vi, la belleza de tu corazón
Durza siempre había creído que nada bueno en la vida podía durar, sin embargo apenas en ese momento se daba cuenta de lo doloroso que podía llegar a ser tal argumento, nunca antes experimentado con tanta intensidad en carne propia. Ahí, frente a él, estaba la prueba de eso, en forma de un pequeño colgante sepultado bajo el monumento.
Cada momento se le hacía más eterno, le oprimía más el corazón, que, si bien había vuelto a latir por unos años, ahora mismo se volvía a apagar lentamente, quizá esta vez por siempre. ¿Quién más si no podía volver a hacerlo sentir vivo? Nadie, se respondió a sí mismo de una forma lúgubre.
No tardó mucho en desesperarse por completo, en sentir una inmensa ira y frustración, por tener que estar ahí, por la urgencia y resistencia que al mismo tiempo le producía el concluir su creación por completo, por haber tenido que pasar por aquello. Así que, luchando contra sí mismo, en un simple movimiento que le llevó lo que él consideró horas, levantó la mano y tocó el sepulcro. Apenas se produjo el contacto, el sepulcro se incendió, resplandeciendo en toda la sala. La piedra tallada, como supuso, era inmune y resistente al fuego, protegida por una magia tan sagrada y poderosa, única e irrepetible en todo el Infierno, que impediría que sufriera daño alguno, tanto su monumento como los otros.

Sé que sientes hoy un gran dolor, del puñal de la ira y del rencor
El Sombra se alejó unos metros, para poder observar con mayor claridad la tumba. Ya casi no se distinguían los adornos labrados en ella, lo único que le daba belleza ahora el fuego. Una hermosa llama blanca que ardería por el resto de los días, tan eterna como el amor que había sentido por ella.
Cuando en anteriores minutos lo hubo pensado, Durza creyó que finalmente, al ver su obra terminada por completo, iluminada por sus propias ascuas, simplemente se volvería loco del dolor. Pero no fue así, sin que se diera cuenta, algo en él había cambiado en ese momento. Su mirada ya no reflejaba el intenso sufrimiento que debería estar pasando, sus ojos eran más bien los de alguien que ya se había resignado por completo a que viviría con una agonía eterna mientras durara su miserable existencia.

Los únicos que conocen tu verdadero corazón son los espíritus
En ese momento aquellos pensamientos tan oscuros y lúgubres de los que se había ido olvidando poco a poco, se arremolinaron en su mente todos juntos de nuevo, en una desordenada y sofocante maraña sin coherencia alguna, como flashes intermitentes que iban y venían a su antojo. Aún así, para el Sombra todo tuvo sentido desde un principio, y una idea cruzó de pronto su conciencia. Acababa de morir, de ser asesinado, ya no tenía más alma, ni corazón alguno. Y si ya estaba muerto por dentro... ¿Por qué no estarlo de manera definitiva de una vez por todas? ¿Acaso no era mejor la muerte que una vida insípida y monótona, llena de angustias, tristezas o aburrimiento?
Cualquiera hubiera pensado que el Elohim cometería algún acto impulsivo en ese momento, víctima del intenso dolor de su más reciente pérdida, pero Durza se detuvo a sí mismo, no hizo nada más que permanecer quieto, fiel a todo el peso que ahora tenía encima de sus hombros como Señor del Infierno, uno que comprendió, jamás se podría quitar de encima, entonces de nuevo todo quedó claro para él. Sería cuestión de esperar.

Sólo los espíritus. Sólo los espíritus.
Cuando tomó la decisión definitiva, apartó aquellos turbios pensamientos de su mente, únicamente concentrado de nuevo en aquél simbólico sepulcro, que no solo contenía la memoria de ella, sino de él mismo, de su anterior yo que había desaparecido junto con su amor, y que no volvería. En el mismo instante que el Sombra comprendió aquello, el terrible dolor, que había permanecido sordo y mudo en instantes anteriores, gritó en su interior, con una sola y terrible consecuencia. Algo en Durza se había quebrado, para no volver a sanar nunca más.
Y, después de tantos siglos, el suelo del Sepulcro volvió a humedecerse con las lágrimas del Elohim.

Tercera Nevada

 

La tranquilidad de la noche era completa. Situado en la sala su nueva vivienda, el híbrido leía ávidamente, aún sin acostumbrarse del todo a su reciente mudanza. Era más de media noche, sin embargo Hannibal no podía conciliar el sueño, y, en momentos como ese, lo único que lo detenía de sus turbios pensamientos e inquietud era la tranquilidad que las páginas amarillentas le ofrecían.
Para Sócrates la muerte no era una derrota, sino un remedio, citó mentalmente, mientras pasaba la hoja. Últimamente se había sorprendido a sí mismo pensando en aquello, en la muerte, en el olvido, en el abandono y en el vacío que producía no una, ni dos, si no tres pérdidas simultáneas. Siempre se había jactado de tener un autocontrol y adaptabilidad perfectas, sin embargo en ese momento se encontraba sumamente desconcertado, perdido y adolorido, sin saber muy bien qué hacer, más solo de lo que nunca hubiera pensado estar. Así que decidió dejarlo todo atrás, tomar lo poco que le quedaba e iniciar desde cero, por su propia cuenta.
Un suspiro frustrado abandonó su pecho cuando comprendió que ni la lectura lo alejaría de sus turbios pensamientos, así que cerró su libro y se pasó los dedos por el cabello, costumbre que había aprendido de Durza cuando estaba estresado. Sintió a Minos removerse en su interior, visiblemente incómodo e inquieto, algo sumamente raro para el Juez del Infierno, siempre tan tranquilo y silencioso.
¿Minos?, preguntó
¿Acaso no lo sientes?, respondió el demonio, como si fuera un niño.
Hannibal estaba a punto de responderle, pero en ese momento se dio cuenta a lo que se refería... era una energía nueva, fuerte, que de pronto había invadido todo el sitio. El collar de Erised, descansando en su pecho, empezó a vibrar de forma constante y regular, en un comportamiento que no había presentado en muchísimo tiempo. El híbrido se puso en alerta enseguida, sin saber muy bien qué hacer, con aquella presencia inundándolo todo, viniendo de todos y ningún lugar al mismo tiempo. Intentó localizar la fuente de aquello, primero sin éxito... sin embargo, en pocos segundos lo pudo notar, cuando bajó la mirada y miró su colgante, que ahora no solo vibraba, sino que resplandecía con un pálido tono blanco, que pronto se convirtió en una niebla traslúcida que lo rodeó. La cantidad aumentó, llenando la habitación de bruma blanquecina, primero sin ton ni son, sin embargo, mientras más aumentaba parecía concentrarse en un solo lugar, acumulándose ahí. En ese momento Hannibal lo dedujo y un nudo se le formó en el estómago al comprenderlo, aquello que emanaba de Erised era una de las muchas almas que ahí guardaba, lista para reencarnar. La niebla actuó por sí sola, transformándose en algo... una bestia, un puma de humo blanco traslúcido, que emanaba un resplandor muy blanco, casi cegador en la oscuridad de la media noche.
El animal abrió los ojos y miró a Hannibal fijamente, el cual ya se levantaba de su asiento, totalmente atónito y la boca abierta de la impresión, de nuevo contradiciéndose: Aquello no era un alma... era un hechizo, un poder. Entonces, antes de que el híbrido pudiera seguir indagando en sus propios pensamientos, el felino se volvió y caminó elegantemente, sin hacer ruido alguno, hacia la puerta principal, con obvio motivo de que fuera seguido. El Setan lo obedeció, como guiado por una hipnosis, sin salir de su estupor, casi temblando de la expectativa.
Quién sabe cuánto caminó Hannibal en silencio, en medio de la noche por los bosques, que ya empezaban a desnudarse en el tardío otoño, con las hojas crujiendo con cada paso que daba únicamente él, pues las patas del puma no producían ruido alguno. La bestia se movía con parsimonia, con elegancia y melancolía a la vez, como si no estuviera ni un poco desesperado por llegar a su destino, contagiando de esa sensación de calma al híbrido que lo seguía, calma que se vio mermada cuando Hannibal escuchó pasos atrás de él. El híbrido, de nuevo en alerta total, se volvió enseguida, cambiando su postura a una de ataque y defensa al mismo tiempo, a pesar de que el puma no parecía inmutarse ni un poco.
Entonces apareció una sombra entre los árboles, erguido, solemne, con un talante señorial de orgullo propia de quien tenía una gran legión a sus pies. Y ese pensamiento no era del todo erróneo. Hannibal lo reconoció unos segundos después, al fin relajándose y suspirando de alivio.
-Durza-Lo llamó, mientras el aludido caminaba hacia él. Al híbrido se le partió el corazón en mil pedazos al mirarlo fijamente por primera vez.-¿Qué haces aquí?
-Fue un presentimiento-Dijo el Sombra acercándose más. Lucía imponente, solemne, pero su mirada demostraba tanta tristeza que era casi imposible no quebrarse con él. Cuando hubo llegado hacia Hannibal, se volvió y miró al puma blanco, que aún continuaba su recorrido hacia quien sabe donde-¿Has estado siguiéndolo?
-Sí, quiere mostrarnos algo-No fue necesario indagar más, ambos sabían qué significaba una señal tan poderosa como aquella.
Ambos hombres caminaron tras el animal sin volver a hablar, hombro con hombro, demasiado ensimismados en sus propios pensamientos. De nuevo pasó un tiempo indefinido desde que se encontraron hasta que finalmente el animal se detuvo y se volvió, mirándolos con sus traslúcidos ojos, como si les estuviera indicando que era el fin del camino, justo en medio de un claro del espeso bosque, donde la luna podía verse con toda claridad.
Apenas Durza y Hannibal pusieron un pie en el sitio, una atmósfera por completo diferente se sintió, una poderosa, abrumadora, que hizo que se les erizara la piel. Inclusive los pájaros, durmiendo en las ramas, despertaron de golpe y volaron, huyendo. Pero los hombres no hicieron lo mismo, a sabiendas que tenían un propósito en el lugar y debían quedarse, pasara lo que pasara. El puma, entonces, empezó a descomponerse, regresando a su estado primigenio, volviéndose a la niebla que había salido de Erised, esparciéndose por todo el claro. Fue cuando llegó a los pies de los presentes que ambos se dieron cuenta de lo fría que estaba.
Para hacer aún más insólitos los acontecimientos, de pronto apareció, de la nada, una esfera dorada en medio del claro, flotando. Hannibal lo reconoció enseguida, esa, definitivamente era un alma, un alma pura pero al mismo tiempo corrompida por el dolor.
El Sombra estuvo a punto decir algo, sin embargo cualquier diálogo que pudiera haber entablado quedó reducido a un mero plan cuando la niebla empezó a moverse, como si tuviera vida propia. Giró en espiral hacia el centro, justo abajo de la esfera, haciéndose cada vez más densa a medida que se acercaba, subiendo poco a poco hasta rodear la misma. De nuevo empezó a tomar forma, primero básica, una simple silueta humana, sin ningún rasgo que la determinara como hombre o mujer, al menos no hasta que siguió solidificándose. Ahí se lograron vislumbrar algunas características, el pecho plano, la espalda ancha, el mentón cuadrado, todo dejó ver que era una persona de género masculino. Después se fueron delineando los detalles más precisos, las cicatrices del cuerpo, los músculos, seguidos por el cabello, ondulado, revuelto, algo largo y sin ningún orden aparente, así como el vello facial, cubriendo gran parte de la cara... cada vez era más evidente de quien se trataba, e, irónicamente, eso lo hacía más increíble para los dos pares de ojos que lo observaban. El color de la piel tomó su típico tono pálido, el cabello, oscuro, y los ojos, semi abiertos, azules. La última pizca de bruma que quedaba en el ambiente se fundió con los iris del hombre, que parpadeó como reflejo.
Fue apenas cuando los pies descalzos del hombre tocaron el suelo, que al fin pareció reaccionar. Abrió los ojos por completo, mirándose totalmente confundido, respirando como si fuera un recién nacido, por instinto, por primera vez en muchísimos años. Retrocedió, apenas buscando mantener el equilibrio después de tanto tiempo, y miró a todos lados, tratando de ubicarse inútilmente. Sus ojos, siempre tan calmos y en ese momento asustados y desconcertados, finalmente se posaron en los dos seres que lo miraban, con la misma expresión de completo estupor. Fue el mayor de ellos, el que recién acababa de despertar de su eterno sueño, el que habló primero.
-¿Hannibal...? ¿Durza...? ¿Están muertos?-Fue lo primero que preguntó, lo que sin duda alguna se le hizo más lógico, ¿Cómo podría estar reuniéndose con sus compañeros, si ellos estaban en un plano existencial diferente al suyo?
-No, John.-Se atrevió a decir el Sombra, con un inmenso nudo en la garganta, sin saber muy bien qué hacer o que decir, con demasiadas emociones en muy poco tiempo.
-Tú estás vivo-Completó el híbrido, que parecía estar un poco más cuerdo que su compañero, y quizá fue el único que comprendió en su totalidad lo que significaba aquello.
Jonathan Kramer había vuelto a la vida... no, alguien le había devuelto la vida a Jonathan Kramer, de una manera tan magistral, que jamás habían visto ninguno de los dos, únicamente utilizando su esencia, su alma, regresándolo a su mejor estado, al joven fuerte y de pensamiento ágil que solía ser el líder implícito de los Nómadas, justo después de haber perdido lo que más amaba de manera atroz: Su esposa y a su hijo nonato.
-Estoy vivo-Repitió, más para sí mismo que para los otros dos, en un susurro, como si no se lo creyera. Alzó la mano y la miró como si fuera la primera vez, como si nunca antes la hubiera visto, examinándola minuciosamente. Hizo lo mismo con la otra, y con el resto de su cuerpo, cubierto de una muda de ropa blanca que quien sabe de dónde había salido.-Estoy vivo-Esta vez no sonaba a duda, sino a una afirmación, tan segura como podía serlo en un caso tan inverosímil como aquello.
-Lo estás-Repitió Durza, apenas cayendo en la cuenta de lo que eso significaba-Te necesitábamos... tanto-Continuó el Sombra desde lo más profundo de su alma rota, con una sinceridad que helaba los huesos. Hasta ese momento, no había caído en la cuenta de cuánto hacía falta John, no únicamente su amigo, su consejero, su hermano mayor, el soporte más sólido que habían tenido durante tanto tiempo...
Quien sabe que hubiera pasado a continuación, quizá los tres hombres más poderosos de la Cuarta Dimensión hubieran caído víctimas del sentimentalismo, tal vez se hubieran quedado unos minutos más en ese shock del cual no habían podido recuperarse del todo... lo cierto es que cualquiera de esas posibilidades no se cumplió, pues en ese momento fueron interrumpidos por algo más grande que ellos.
-Se los prometí, Lecter, Viajero. Les prometí que les traería al Taaival, y aquí está-Susurró una cavernosa voz sin dueño desde lo profundo del bosque.


Cuarta Nevada

 

Las masacres no dan tregua alguna. Hace apenas diez noches que la familia real casi en su totalidad ha sido asesinada, dejando únicamente viva a la reina Victory Dahlig. Estos hechos han conmocionado a Rossanef Trinus, el cual ha permanecido de luto durante estos últimos días.
Sin embargo el crimen no da tregua en el reino, ayer se encontraron dos cuerpos presumiblemente asesinados de una manera inverosímil, ambos varones, conocidos ciudadanos, identificados como Nikolai y Ahmar Valkov, padre e hijo. El modus operandi del asesino ha desconcertado a los expertos en los temas pertinentes, quienes aún no se explican qué clase de animal o criatura ha podido perpetrar los crímenes, ejecutados con una gran energía propia de quien tiene un propósito vengativo con las víctimas. Las heridas fueron realizadas post-mortem, ya que se ha dictaminado que la causa de muerte ha sido por envenenamiento con algún producto químico desconocido, mismo que se encuentra cubriendo ambos cuerpos en forma de líquido gelatinoso azul.
Siguen las investigaciones.

El hombre leyendo el titular del pergamino sonrió de manera arrogante, de quien ha logrado su objetivo sin inmutarse ni un poco. Dobló el papiro y lo guardó en su bolsillo, mientras terminaba la taza de café que ya se enfriaba, dejando unas monedas extras al mesero, que le sonrió agradecido de la generosidad del comensal, sin sospechar ni un segundo que tenía las manos manchadas de la sangre de un padre y dos hijos, el mayor  -o la mayor, mejor dicho-, a muchísimos kilómetros de sus parientes, enterrada en la nieve donde seguramente nadie la podría encontrar nunca.
Antes de que su sonrisa lo pudiera delatar, Riedel siguió su camino, buscando a su siguiente víctima, la cual dedujo, estaría algo lejos de aquél lugar. Sin perder el tiempo, y asegurándose de que nadie lo vería, se colocó atrás de una casa, donde tocó con la yema del dedo índice el borde de la esquina. En menos de un segundo, una luz blanca apareció en el lugar del contacto, y se abrió una pequeña grieta, la puerta dimensional que él necesitaba. En un parpadeo, Riedel ya no estaba ahí.
El lugar donde apareció era por el contrario muy diferente, una casona antigua y exquisitamente decorada, que no hacía mucho la habían abandonado. El hombre buscó por todos lados, pero no encontró a quien buscaba, supuso que simplemente se había ido al bosque, el lugar que más se le hacía cómodo, según había investigado. Aún así no quiso adelantarse, su intuición le decía que aún no debía estar muy lejos, movida por la nostalgia, y, cuando salió a los jardines, se dio cuenta de que no se equivocaba. Ella se encontraba ahí, en su forma humana, mirándolo, gruñendo y enseñando los dientes como un animal salvaje, poniéndose en posición de defensa. Tan instintiva como sus congéneres del bosque, Ainara Crisvector, la última de su linaje, sabía muy bien que la aparición de ese extraño, quien quiera que fuera, no auguraba nada bueno.
-Así que tu eres la niña lobo-Sonrió con suficiencia, mientras se acercaba lentamente hacia ella. Pero ella no era estúpida ni mucho menos, y detectó sus intenciones en muy poco tiempo.
Sin dudarlo ni un segundo, Ainara se volvió, transformándose en lobo y corriendo a una velocidad demasiado impresionante, adentrándose en el bosque. Riedel la persiguió en su forma humana, esquivando raíces, tratando constantemente de no tropezar, dándose cuenta en ese momento que la Crisvector tenía una gran ventaja sobre él, pues no únicamente lo superaba en agilidad y rapidez, sino igualmente en el conocimiento del terreno. Frustrado y algo enojado consigo mismo por no prever aquello, pensó en una solución rápida, no podía dejarla escapar, pero tampoco podía atrasarse mucho, aún tenía otra tarea que hacer... así que resolvió de inmediato que haría.
-¡Shoggoths!-Llamó a la nada, a un vacío. Las cinco cosas que aparecieron de lo más profundo del bosque eran horrendas, indescriptibles y enormes. Medían más de un metro, el color de su piel era de un violeta fluorescente antinatural, pútrido. Parecían masas amorfas, llenas de tumores y venas recorriendo todo su cuerpo. Miles de ojos distribuidos indistintamente por toda su anatomía lo miraron con atención-Vayan, al lugar donde el cielo nocturno predomina siempre, y maten a las tres-Les ordenó.
Tekeli-li! ¡Tekeli-li!-Gritaron, abriendo una deforme y horrible boca llena de colmillos parecidos a los de un pez abisal, antes de levantar un chillido estridente y desaparecer.
Una vez libre de aquella responsabilidad, Riedel se concentró en su objetivo nuevamente. Gruñó, y, entonces, llamando a su madre en voz baja, se transformó. Lo que salió del cuerpo humano del Sacerdote era simplemente terrible. Entre las copas de los árboles se alzó algo, algo negro y viscoso, una maraña de brazos serpentinos parecidos a tentáculos que se alzaban hacia el firmamento, sostenidos por tres deformes patas. Tenía cuatro ojos, y cinco gigantescas y babeantes bocas llenas de colmillos. Aquella cosa medía al menos tres metros de alto, y dos de largo, y todo lo que su asquerosa piel tocaba moría al instante. El Vástago Oscuro rugió, y, ubicando con su primitivo olfato la ubicación de su presa, se echó a correr tras ella.
Era impresionante la velocidad a la que se movía, sus patas retumbaban por el bosque y mataban a todo lo que se le ponía enfrente, aumentando ya su inminente cercanía con la Crisvector, a la cual no tardó mucho en visualizar. La loba blanca de ojos marrones corría despavorida, buscando salvar su vida, sin tomar en cuenta que perdía terreno a cada segundo que pasaba.
Riedel, ahora como una criatura menos racional, pronto cayó en la furia de no poder conseguir lo que quería, y decidió actuar de una vez por todas, harto de perseguirla.
Zi Dingir Kia Kanpa, Zi Dingir Anna Kanpa!-Rugió, y la muchacha pareció sumirse en el terror absoluto, en la locura, en lo más primitivo de su ser. Paralizada del horror, Ainara dejó de moverse de inmediato.
El Sacerdote, complacido, aceleró su inminente victoria, volviendo a recitar.
-Zi Dingir Kia Kanpa, Zi Dingir Anna Kanpa-Pero ahora era un susurro cavernoso, mortificante, horroroso. Como consecuencia, la loba se volvió humana nuevamente, y al fin lo miró. En sus ojos marrones podía verse que ahí ya no había resto de cordura. Riedel no tuvo que decirlo de nuevo... en menos de un segundo, Ainara Crisvector ya se había clavado su propia daga en el corazón, matándola casi de inmediato.
Únicamente cuando la sangre hubo manchado por completo el piso, y el cuerpo se drenó por completo, Riedel volvió a ser un humano, tan pulcro e impecable como siempre lo había sido, como si el monstruo hubiera sido nada más la invención de la trastornada mente de la muchacha ahora muerta, loca del dolor después de haber perdido a su familia apenas meses de haberlos encontrado.
El Sacerdote sonrió. Sus sirvientes no tardarían demasiado en anunciarle su éxito en el exterminio de las tres herederas de la Sombra Roja.

 
Quinta Nevada

 

La Quinta Prisión del Infierno estaba en completo silencio, como si estuviera muerta. Inclusive el río de lava parecía fluir más despacio, como si compartiera el luto de los habitantes del lugar. Sentada en uno de los innumerables puentes que unían ambos lados del acantilado, Mayhem miraba taciturna el lugar, observando con tristeza como otra de las cabañas ahí construidas ardía. Estaba demasiado concentrada en sus pensamientos, tanto que no se dio cuenta de cuando un miembro más se puso a su lado. Como siempre, permanecía totalmente serio, lo único que lo diferenciaba de una estatua era que su vista se colocó justo en los espacios chamuscados, ahora vacíos, donde antes estaban los hogares de sus compañeros.
-Demasiadas en tan poco tiempo-Susurró La Primer Cuervo apenas de forma audible, cuando supo que Séneca miraba hacia el mismo lugar que ella.
-Lo sé-Respondió para la inmensa sorpresa de la mujer, quien estaba acostumbrada a jamás recibir nada de su compañero-Ha sido muy duro
-Incluso siento frío-Continuó Mayhem, tan extrañada y conmocionada por las palabras del Inexpresivo que de pronto sintió como las lágrimas inundaban sus ojos, sin atreverse del todo a liberarlas
-El invierno ha llegado al Infierno-El hombre no acostumbraba hacer oraciones tan largas, sin embargo las que hacía eran sumamente metafóricas y certeras.-Y con ello, a todos nosotros.
Ella no pudo hacer más que darle la razón, e inminentemente su mirada se dirigió al horizonte, donde en algún punto que no era visible desde ahí, se encontraba Giudecca, donde en ese momento estaban ellos dos, Opeth y Durza, gobernando. Si ella se sentía mal, no podría imaginarse en qué condiciones se encontrarían los dos demonios. La última vez que había visto al Habitante de la Luna tenía una expresión que rompía el corazón, como si quisiera morirse. Sabía muy bien que estaba de luto, por su clan, por todo el sufrimiento que conllevaba ser el Segundo al Mando y hacerse cargo de sus demás hermanos... y también por aquél asunto, ese pequeño pero gigantesco detalle que únicamente le había confiado a ella.
"El único lenguaje que conoce es el del dolor... no me será bueno hablar su mismo idioma, por más que lo desee." Recordó las palabras exactas de Opeth, y en ese momento una lágrima rodó por la mejilla, ya sin que hiciera nada por evitarlo.
Mayhem pensó que si el invierno tan crudo en verdad estaba llegando al Infierno, inclusive los ríos de lava terminarían congelándose. Un terrible presentimiento se asentó en su corazón, uno terrible que no la abandonaría. Le extrañaba tanto...
-No sé qué haré, Séneca-Confesó al Inexpresivo, únicamente como desahogo, buscando soltar todo el sentimiento que había contenido. Más lágrimas cayeron por su rostro.
-Seguir. Todos tenemos que seguir-Fue lo último que dijo-Tú, sobre todo
Mayhem miró a Séneca, y solo fue necesario ese intercambio no verbal para que comprendieran, él ya lo sabía, el primero de todos, por simple intuición. La Primer Cuervo entonces sonrió y continuó llorando con una mezcla agridulce de sentimientos, un vacío profundo por la cabaña que acababa de ser incendiada y su amor caído, al mismo tiempo que una extraña esperanza por el nuevo comienzo aún sin nombre.

 
Segunda Tormenta

 

Fue Nunet la primera que lo sintió. La pequeña estatuita azul lanzó un chillido parecido al de una puerta abrirse, para alertarlo, pero su dueño ya se había dado cuenta de la presencia apenas un segundos antes.
-Lo sé-Le susurró mirando a su hombro, donde ella estaba. Desde el primer asesinato supo que algo andaba mal, su sexto sentido se lo decía, y, como buen sabueso, no dejaría los cabos sueltos. Aprovecharía su viaje, que estaba completamente solo para llevar a cabo su propia investigación.
Era quizá una casualidad muy cruel que su búsqueda lo hubiera llevado a aquél lugar, a ese bosque que tan bien conocía y tanto dolor le causaba el recordarlo. Matt sintió como si el hombre lo estuviera esperando, pues no tardó mucho en localizarlo, sentado con total tranquilidad en las ramas de un árbol.
-¿Has sido tú el que ha estado causando tantos estragos?-Le preguntó sin rodeos, sabía muy bien que él era el asesino al que estaban buscando.
-Has llegado más rápido de lo que pensé, Beltza-Riedel solo sonrió, y eso fue suficiente para que el muchacho se lo tomara como un gesto afirmativo.
-¿Tu nombre?-Volvió a indagar, sin demostrar la inquietud que le había producido que el extraño supiera el nombre con el que lo llamaban sus hermanos, mientras que él no tenía ni idea de quién era.
-Riedel, Vástago Oscuro y Siervo de los Dioses Primigenios-Canturreó con un tono de voz burlón, y sin embargo con el rosto totalmente serio, contrastante.
-No me importa lo que seas, Riedel-Escupió su nombre con asco, siseando como una serpiente-Acabaré contigo antes de que causes más daño
Riedel lanzó una carcajada, mientras que se bajaba del árbol con un salto. El Setan se colocó en posición de ataque inmediatamente, sin saber muy bien que esperar de su nuevo oponente. Matt pudo haber pensado en muchas cosas, que atacaría de frente, lanzaría algún poder, lo que fuera, menos aquello.
-Zi Dingir Kia Kanpa, Zi Dingir Anna Kanpa, Zi Dingir Kia Kanpa, Zi Dingir Anna Kanpa, Zi Dingir Kia Kanpa, Zi Dingir Anna Kanpa-Recitó, mirándolo a los ojos mientras avanzaba lentamente hacia él. El muchacho lo pensó demasiado rápido, en menos de un segundo ya había reaccionado, cerrando y blindando su mente por completo, para que la cábala no lograra afectarle. En ese momento le agradecía a Opeth que, muy contra su voluntad, le hubiera obligado a entrenar sus poderes mentales.
Riedel se dio cuenta de que su hechizo no hacía efecto en Beltza, ni siquiera por el hecho de que aumentaba el volumen de su voz paulatinamente. Tampoco retrocedía, únicamente permanecía concentrado, enfrentándolo con la mirada. Eso sin duda alguna desconcertó al Sacerdote, quien nunca había visto a alguien que pudiera soportar aquella cábala que tenía el poder de quitar la cordura de un zarpazo.
-Es una lástima que hayas fallado... pero ahora es mi turno-Matt sonrió, de una manera idéntica a alguien a quien conocía muy bien, un gesto de suficiencia, de poder-Crusio-Conjuró en un siseo, susurrando de forma siniestra, degustando cada letra que pronunciaba en su paladar como si fuera miel.
Fue apenas un segundo, sin embargo Riedel sintió como una eternidad como el dolor empezaba a recorrerlo, primero como un entumecimiento en los dedos de las manos y los pies, que fue prolongándose por las extremidades... y, de pronto, estalló por todo su cuerpo en una oleada de sufrimiento, peor que si le clavaran mil cuchillos al rojo vivo en la carne. El mayor gimió de dolor, gratamente sorprendido de la habilidad del muchacho en la pelea. Sin duda lo había subestimado, y lo estaba pagando muy caro.
Matt no se inmutó, únicamente subió la intensidad del Crusio, deleitándose con el dolor ajeno, jugando un poco con su presa antes de darle fin. Pero de pronto lo escuchó.
-Soy desde antes que todas las cosas. Soy el Dios de Dioses, Soy el Señor de la Oscuridad, y Amo de Magos. Soy el Poder y el Conocimiento. Soy desde antes que todas las cosas-Empezó susurrar mientras caía de rodillas, seguramente una letanía que lo distraía de todo el sufrimiento que estaba experimentando.
El Setan no disminuyó el poder de su conjuro ni un poco, ni siquiera cuando empezó a notar algo... raro en el ambiente. Nunet también lo sintió, e intentó llamar su atención lo más rápido que pudo, señalando un punto específico. Matt apenas desvió su mirada para fijarse en el punto que señalaba la figurita, dándose cuenta que ahí, muy cerca de donde ambos se encontraban, justo en un rincón entre las raíces de un viejo árbol, una oscuridad empezaba a tomar forma.
Olvidándose completamente de Riedel, Beltza se acercó con cautela a aquél sitio, del que había empezado a emanar una sobrenatural niebla, sintiéndose inexplicablemente atraído por un extraño y peligroso misticismo. Mientras lo hacía, lo acometía la extraña sensación de que allí hubiera algo que no debiera estar; como si, al acercarse a aquél lugar, dejara de estar en aquél bosque, en aquel planeta, incluso en aquél universo… y se adentrara en un lugar completamente distinto. Como en otra dimensión, una espantosamente oscura, caótica… una que incluso él temía pisar.
Súbitamente Riedel alzó la voz, y sólo entonces el más joven se dio cuenta de que había cambiado su letanía, y que había cometido un grave error al no prestarle atención:
-¡Te llamo a ti, Criatura de la Oscuridad, por los Trabajos de la Oscuridad! ¡Te invoco a ti, Criatura del Odio, por los Trabajos del Odio! ¡Te llamo a ti, Criatura de los Yermos, por los Ritos del Yermo! ¡Te llamo a ti, Criatura del Dolor, por las Palabras del Dolor! ¡Iä Yog-Sothoth! ¡Ho-mor athanatos nywe zumquros, Ysechyroro-seth Azathoth! ¡Iä Nyarlathotep! ¡Iä Hastur! ¡Iä Shub-Niggurath! ¡Desgarrad el tejido de la realidad, criaturas del abismo tenebroso! ¡Abrid el portal!-Gritó entonces, abandonando todo rasgo tranquilo y de voz suave que pudiera haber tenido de antaño, sobreponiéndose a todo el dolor que pudiera estar sintiendo aún con el Crusio activado.
-Maldición…-murmuró. Ese condenado Sacerdote se la había jugado muy bien sin duda alguna. Había hecho creer a todos que había estado recitando un inofensivo mantra para distraerse del dolor, cuando en realidad lo que llevaba un buen rato murmurando no era inofensivo en absoluto. No se trataba de ningún mantra, sino de una invocación. Un hechizo para abrir un portal interdimensional.
Matt pensó que se estaba volviendo loco cuando creyó oír una especie de música de flauta, cuya melodía no se parecía a nada de lo que hubiera escuchado antes: un ritmo demencial, horroroso, que le producía náuseas. Y su impresión de locura solo aumentó cuando observó horrorizado cómo de aquella sombra de las raíces surgía un apéndice negro, una asquerosa parodia de una mano, maloliente y supurante de un olor repulsivo, que lo envolvió sin que éste pudiera hacer nada para evitarlo y comenzó a arrastrarlo hacia el vacío, antes siquiera que pudiera darse cuenta de lo que sucedía. Riedel, a pesar del terrible dolor que debía seguir sintiendo, reía como loco.
–¡Estúpido niño! ¿En verdad creíste que necesitaba de tu compasión para poder luchar? ¡Pues te has equivocado! ¡Conozco hechizos oscuros que tú ni te atreverías a imaginar! ¡No necesito la concentración absoluta para poder abrir puertas a otros universos!
-¡Mis hermanos te harán pagar por esto!-Beltza, intentando no demostrar todo el terror que estaba sintiendo, lanzaba todas las amenazas que se le ocurrían contra su interlocutor mientras se debatía como pudo contra aquella "mano", pero fue en vano: fue arrastrado con una fuerza colosal y acabó siendo tragado por aquella abertura entre dimensiones, desapareciendo de la vista como si jamás hubiera estado ahí.
-Tus hermanos serán los próximos, niño-Contestó Riedel con voz retadora, sin embargo de era totalmente innecesario, Matt ya no estaba ahí para escucharlo. Intentó caminar, sin embargo se dio cuenta de que la batalla no la había ganado totalmente ileso, su oponente no lo había liberado de su hechizo, y supuso que, hasta que no lo hiciera, el dolor atroz lo acompañaría a donde quiera que fuera. No le importó, al fin y al cabo...-Uno menos-Fue lo último que dijo el Sacerdote con una sonrisa cínica, victoriosa y asquerosa, antes de volverse y caminar, buscando a su próximo oponente.
En algún lugar, una pequeña luz blanca se apagaba lentamente.

 By Maika

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